domingo, 30 de julio de 2023

EN EL NOMBRE DEL PADRE

 

LAS CAPELLANÍAS TAMBIÉN ACTUARON DURANTE LA MOVILIZACIÓN DE 1978

 Los sacerdotes fueron incluidos en el Ejército por la Asamblea del año XIII para acompañar a las tropas tanto en su formación como en maniobras. Por esto formaron parte de los Operativos Independencia (1975), Soberanía (1978) y Virgen del Rosario (1982).

 


                                Sacerdote José Guntern, capellán del Batallón de Ingenieros en Construcciones                             121 y de la Agrupación de Ingenieros Anfibios 601, Santo Tomé, provincia de Santa Fe,                                 durante la movilización de 1978.

A raíz de un artículo periodístico publicado hace un tiempo en un medio gráfico nacional sobre la participación de religiosos en las islas Malvinas en 1982, comencé a indagar un poco sobre el particular, sin descuidar la propia experiencia.

Ya en el Virreinato del Río de La Plata existía el cargo de Teniente Vicario Castrense, heredado del sistema español. Pero fue el 29 de Noviembre de 1813 cuando la Asamblea creó el Servicio Religioso del Ejército hasta que el 8 de Julio de 1957, por acuerdo con el Vaticano, se lo transforma en el Vicariato Castrense para dar asistencia espiritual a las tres fuerzas armadas (Ejército, Marina de Guerra, Aeronáutica) y fuerzas de seguridad nacionales (Gendarmería, Prefectura, Policías Federal y de Seguridad Aeroportuaria). Sus componentes, en líneas generales se escalonan en capellán mayor, capellán castrense y auxiliar.

En el Batallón de Ingenieros en Construcciones 121 de la ciudad de Santo Tomé (prov. de Santa Fe), hoy Batallón de Ingenieros 1, contábamos -en 1978- con el capellán Juan Julio Banasiak, a quien conocíamos como el padre Julio, y de acuerdo a la información que pudimos reunir prestó servicios en la unidad entre 1974 y 1984.

Próximo a la finalización del periodo de instrucción, los soldados que no eran bautizados y/o no habían tomado la primera comunión podían hacerlo y para ello en determinadas horas y días eran reunidos en uno de los espacios abiertos de la unidad para escuchar al sacerdote con su catequesis. Quienes se preparaban para el bautismo y la comunión inicial debían elegir a su padrino de entre los restantes componentes de la compañía.

Las charlas eran a pleno rayo del sol y los soldados asistían cuando terminaban el duro trajín del entrenamiento básico en el llamado periodo de instrucción militar inicial. Y ocurrió que, en una oportunidad, el capellán reportó ante el suboficial de semana que dos de los reclutas se habían dormido durante la catequesis. Obviamente que recibieron “horas extras” de movimientos vivos, y eso quebró la poca empatía que ya reinaba entre la tropa respecto del religioso.

Y el 22 de noviembre de 1978 el cura partió junto al grueso del batallón hacia lo que luego sería el Teatro de Operaciones Sur (T.O.S.). Pero no estuvo mucho tiempo allí. Se dijo, había solicitado su regreso a Santo Tomé alegando compromisos sacerdotales previos.

Esto generó algunos comentarios, como el que daba cuenta de que el religioso, siendo niño, había atravesado horribles experiencias durante la Segunda Guerra Mundial en su Polonia natal y le resultaba muy traumático el escenario bélico donde nos encontrábamos en esos momentos.

Verdad o no, lo cierto es que de un día para el otro Banasiak retornó a la provincia de Santa Fe y su lugar fue cubierto por el capellán José Tarcisio Guntern, (que prestó servicios desde ese año hasta 1987 para la Agrupación de Ingenieros Anfibios 601, hoy Batallón de Ingenieros Anfibios 121).

Guntern, que se hacía cargo de la capellanía de dos batallones, años después tuvo un rol importante durante el escándalo que tuvo como principal protagonista al pervertido Obispo Eduardo Storni, y con el cual se encontraba enfrentado precisamente por su actuar sexual aberrante abusando de jóvenes seminaristas.

Era de contextura grande y ciertamente obeso. Estando en el acantonamiento de Río Gallegos tuve un solo cruce directo con él. Ambos, en direcciones opuestas, teníamos que pasar por el mismo y estrecho espacio. Por cuestión de jerarquía y volumen obviamente, le cedí el paso mientras le hacía el famoso saludo uno (venia o saludo de visera). Se detuvo frente a mí y cuando esperaba alguna reprimenda, preguntó “soldado ¿sos de Santa Fe?”, y ante la respuesta afirmativa espetó “¿De Colón o de Unión?”, ante la respuesta de que era simpatizante del “rojinegro” continuó su marcha repitiendo “Muy bien, muy bien”.

Improvisado, breve y extraño diálogo al margen, conforme los días transcurrían en el Teatro de Operaciones Sur el clima se iba poniendo cada vez más espeso al punto tal que nos habían instruido para dar la extremaunción a todo mortal que cayera gravemente herido a nuestro lado en plena acción.

No eran necesario aceites especiales ni aguas bendecidas y –dijeron- era suficiente decir “Yo te absuelvo de todos tus pecados” mientras se le hacía la señal de la cruz sobre la frente al moribundo.

Parece una simple anécdota, pero ¡vaya!, teníamos 18-19 años y la muerte –hasta ese entonces- se presentaba como algo lejano, casi impensado.

Me llamó la atención, también, que durante una misa de campaña el religioso bendijera las armas. Es decir, se estaba invocando al supremo para que las protegiera y no fallaran al momento de ser utilizadas contra el oponente. Cosa extraña. Lo mismo hacían los sacerdotes al otro lado de la cordillera.

Pero al margen de estos hechos y las reflexiones que ellos ameritaban, para los creyentes, la presencia sacerdotal era más que importante en un momento tan crítico de nuestras vidas. Ahora sí, la muerte estaba a la vuelta de la esquina… o detrás del alambrado fronterizo.

Por eso, la mayoría de los soldados católicos participaba en los oficios religiosos y hasta comulgaba, incluso sin confesión previa atento a las circunstancias imperantes.

 RABINOS

 Por lo general, y aunque parezca contradictorio, casi todos los ejércitos del mundo han tenido y tienen sus representantes religiosos. Aún las tropas irregulares, como el caso del sacerdote entrerriano Jorge Oscar Adur (cofundador del movimiento sacerdotal tercermundista) que se sumó, desde la clandestinidad, como capellán y capitán del ejército Montonero en julio de 1978 tras reingresar sigilosamente al país desde su exilio en Francia (y desaparecido en junio de 1980 tras ser detenido cuando intentaba llegar a Brasil por el puente internacional de Paso de los Libres para entrevistarse con el Papa).

En el caso de las fuerzas armadas argentinas diferente fue el panorama para los solados de profesiones religiosas no católicas. Hasta donde pudimos indagar, en 1978 no fueron admitidas capellanías ni colaboraciones con representantes de otras expresiones espirituales. Por lo que los cinco y únicos Rabinos Baruj Plavnik, Felipe Yafe, Efraín Dines y Tzví Grunblatt y Natán Grunblatt, fueron los primeros en ser autorizados a sumarse como capellanes transitorios en un teatro de operaciones, recién en 1982 durante la guerra de Malvinas.