sábado, 11 de diciembre de 2021

RECONOCIENDO LA ADVERSIDAD

 

LA IMPROVISACIÓN CARACTERIZÓ A VARIAS UNIDADES DEL EJÉRCITO CHILENO

La estrategia argentina dio sus frutos inmediatos: las tropas terrestres y la fuerza aérea debieron dispersarse ante un frente amenazado in extenso, lo cual obligó a agudizar el ingenio y confiar un eventual éxito de las operaciones de defensa o ataque en el patriotismo.

 



Capitán Aníbal Barrera Ortega, del Ejército de Chile, durante una entrevista en 2.018.



Entendemos que, al menos inicialmente, el alto mando militar argentino administró muy bien sus recursos y posibilidades en aquel olvidado 1978. Desplegar sus tropas a lo largo de toda su frontera Oeste obligó al adversario a dosificar cuidadosamente los elementos disponibles para enfrentar un ataque. Y así, la improvisación trató de ganarle a la escases de pertrechos y cantidad de efectivos mínimos indispensables para tal cometido.

Y así, a mediados de aquel año (recordemos que Chile comenzó su movilización militar en forma sigilosa y mucho antes que Argentina), empezaron a surgir los problemas. Al verse obligados a dispersar su defensa, las unidades más importantes (y con ello todo su equipamiento) fueron destinados al Sur quedando entonces desguarnecida la frontera Norte (Perú / Bolivia), como también la central y del Noreste (Argentina).

Era tan acuciante el panorama que la mayoría de los tanques y aviones aptos estaban en el Teatro de Operaciones Austral (T.O.A., tal la denominación dada) dispuesto por el mando chileno al igual que los más poderosos regimientos. Fue tal la desolación en la zona central que ninguna unidad de ingenieros había quedado disponible para cubrirla, en cuyo radio se incluía a Santiago.

En el mes de Junio se dispuso crear la Compañía de Ingenieros de la III División de Ejército con asiento en el Regimiento de Infantería de Montaña N° 17 “Los Ángeles” ubicado en la ciudad con igual nombre, ubicada a 510 kms de Santiago. Pero su armado tampoco resultó tarea sencilla.

Un radiograma dirigido al Coronel Jorge Núñez Magallanes, director de la Escuela de Ingenieros de “Tejas Verdes”, ubicada en la localidad de San Antonio (región de Valparaíso) le imponía la designación de un capitán, un teniente y un cabo para armar la compañía en cuestión. Como se mantenía aún en el más absoluto secreto cual era la misión a encomendar y como ninguno de los asistentes a los cursos del instituto militar estaba dispuesto a dejar el lugar que se habían ganado a fuerza de mérito y foja de servicios intachable, se propuso definirlo por sorteo. Pero finalmente el ofrecimiento del capitán Anibal Barrera Ortega evitó tal extremo.

El oficial designó directamente al subteniente Máximo Mardones Melo -subalterno con el cual ya tenía trato y conocimiento- como el segundo oficial requerido, sumándose al dúo el suboficial faltante. De inmediato fueron transferidos al RIM 17, que estaba al mando del Teniente Coronel Nelson Robledo Romero, y a los pocos días de su llegada recibieron 70 soldados provenientes del Regimiento de Ingenieros de Montaña N° 2 “Puente Alto” (Gran Santiago).

El segundo inconveniente fue que la tropa había sido enviada solo con el uniforme puesto. Ni equipamiento complementario, ni armas, lo que obligó al capitán Barrera Ortega a realizar intensas gestiones para tal cometido. Finalmente consiguió se le enviarán 100 fusiles SIG. No tuvo igual suerte con el pedido de provisión de minas anticarros logrando conseguir que le enviaran solo un centenar de minas antipersonales.

Pero los inconvenientes no cesaron. Al jefe de compañía se le dio la orden de licenciar de inmediato a los 70 conscriptos y convocar, en su reemplazo, a civiles voluntarios, lo que retrasó el alistamiento de la subunidad.

Solucionado esto, una nueva orden siguió horadando el ánimo de los responsables de la Compañía de Ingenieros: debía enviar los fusiles SIG hacia el T.O.A., recibiendo en su reemplazo igual cantidad de fusiles Mauser, pero con limitada ronda de municiones.

Tras la llegada de los nuevos reclutas, se sumaron a la subunidad el Teniente Federico Holzsauer Bruna, el Subteniente Gaspar Weinsperger Loyola, como así también 16 Cabos Segundos procedentes del Regimiento de Infantería de Montaña N° 18 “Guardia Vieja” (ciudad de Los Ángeles).

A finales de octubre de 1978 el Capitán Barrera Ortega recibió la orden de marchar con su compañía hacia la localidad de Antuco, a 441 Km de Santiago y a 65 Km de Los Ángeles.

Hay que destacar que se encuentra allí la presa hidroeléctrica homónima, al igual que las de El Toro y Abanico, en las márgenes del río Laja, y que eran uno de los objetivos de la aviación argentina y las tropas que avanzarían desde el Teatro de Operaciones Nor Oeste (T.O.N.O.) bajo la comandancia del General Menéndez.

En la posición la compañía quedó bajo la comandancia del Teniente Coronel Ramón Guajardo Valtierra, responsable de la línea defensiva de Piedra del Indio.

A poco de arribar a la posición el capitán Barrera Ortega ordenó el inicio de la colocación de los explosivos, llegando a distribuir un total de 3.567 trampas (ya que por la falta de elementos propios muchas fueron realizadas artesanalmente).

Como el 5 de diciembre un avión Pucará de la Fuerza Aérea Argentina sobrevoló a muy baja altura la zona, sorprendiendo a los ingenieros en plena faena, Barrera Ortega estimó que habían sido fotografiados minando el terreno, razón por la cual mandó realizar trampas falsas para desorientar a los atacantes (levantar pequeños montículos de tierra removida dando la impresión de la existencia de un explosivo).

El propio jefe de la Compañía de Ingenieros destacó años después de los hechos y durante una entrevista dada a Interferencia.cl: “Nuestra diferencia con los argentinos era apabullante. Ellos contaban con un batallón de Infantería completo, lo que significa más de 700 hombres, a lo que se debía agregar el personal de Artillería y de los servicios logísticos. El batallón liviano chileno apenas si llegaba a los 250. La compañía de Ingenieros tenía 95. Por si fuera poco, los soldados argentinos tendrían el apoyo de un grupo de Artillería de 12 bocas de fuego de 105 mm”.

Agregó durante esa entrevista que “Logísticamente, estaban muy bien abastecidos. Desde la parte más alta de los pasos Pilunchaya y Copulhue, podíamos darnos cuenta de que, además de comida caliente, recibían grandes cantidades de manzanas y muchas cajas con botellas de Coca-Cola. Era pintoresco ver a los soldados-conscriptos argentinos asolearse con el torso desnudo y frotado con esa bebida para conseguir un óptimo tostado de la piel”.

La sinceridad del capitán Barrera Ortega no hace otra cosa que confirmar los datos de superioridad de las fuerzas beligerantes argentinas existentes en aquellos tiempos. Pero además el oficial recuerda el asombro experimentado sobre otras cuestiones: “Nos resultó extraño que tuvieran una unidad de Ingenieros que estaba en condiciones de desplegar una pista metálica de aterrizaje. Los informes chilenos de Inteligencia no hablaban de que el batallón argentino contara con apoyo aéreo. Pero se supo más tarde que en Neuquén estaba operable un avión Pucará IA-58 dotado de tren de aterrizaje triciclo, y que contaba con capacidad fotogramétrica”.

Recordemos que la función de los batallones de ingenieros atacantes es, precisamente abrir brechas para permitir el paso de la infantería y blindados, por lo que la sorpresa del oficial chileno se centra en el apoyo aéreo que esta unidad recibiría, aunque su estimación –en base a como dice, la inteligencia militar- es desacertada. La Fuerza Aérea Argentina disponía de numerosos aviones para atacar la zona.

A más de 40 años de aquella vivencia, y coincidiendo con las sensaciones y necesidades de muchos componentes de las tropas argentinas, algunos soldados, suboficiales y oficiales chilenos tienen -aún- la necesidad de volver a visitar los lugares por los cuales se fueron desplazando. Unos para atacar, otros para defender.