martes, 17 de enero de 2017

¡VIVA LA PAPA!



RECUERDOS DEL VIEJO F.A.L. CON CULATA DE MADERA

Se trataba de establecer una especial relación entre el soldado y el fusil como armamento básico. Para el “colimba” argentino debía ser como “su novia” en tanto que para el “pelao” chileno parte de su propio ser.




 
 Arriba: Fusil Automático Liviano (F.A.L.). 
Abajo: Fusil Automático Pesado (F.A.P.), 
ambos, modelos antiguos con culatas de madera.

El Armamento básico de la infantería y de las tropas para apoyo de combate eran esencialmente tres: el Fusil Automático Liviano (FAL), el Fusil Automático Pesado (FAP) y las pistolas Ballester Molina calibre .45. Todas, pocas veces usadas antes de ser afectados a la movilización del ´78.
El FAL –entonces con culata de madera- se completaba con un sable bayoneta con su correspondiente funda (tahalí), dos porta cargadores de cuero con capacidad para dos cacerinas cada uno más la que se llevaba adosada al arma (con capacidad para 20 proyectiles en cada unidad)
Muchos años después de los tiempos de cuartel al haber realizado cursos de defensa con armas de fuego de puño y escopeta táctica, como así también de tiro táctico y haber tenido la posibilidad de realizar entrenamientos junto a algunos integrantes de fuerzas especiales de la policía santafesina, pude comprender lo poco que supimos en aquel entonces sobre manejo seguro del arma y aprovechamiento al máximo de sus prestaciones.
Pero eso, como dije, fue mucho tiempo después. En aquel entonces cuando uno recibía por primera vez el fusil vaya si no se sentía invencible.
Recibimos instrucción divididos en grupos para aprender –se suponía- el manejo de pistolas, ametralladoras PAM 2 y el citado FAL. Las prácticas de tiro, solo reservadas para el polígono que estaba en los fondos del desaparecido Batallón de Ingenieros en Construcciones 121 (Hoy, Batallón de Ingenieros 1) y fueron muy acotadas.
Tiro cuerpo a tierra y rodilla a tierra. Solo 3 o 5 disparos por soldado a cuyo lado se ubicaba un suboficial instructor para corregir posturas y puntería.
Al otro lado de la cancha de tiro asomaban desde un foso los clásicos blancos de cartulina, circulares concéntricos, sobre los que con unos círculos metálicos adosados a unas largas varillas se marcaba el lugar de impacto. Si algún soldado daba en el centro se agitaba desde allí una bandera Argentina al grito de “¡Viva la patria!” que era repetido a viva voz por todos los presentes.
Pero si el tirador no acertaba siquiera dentro del círculo mayor se agitaba una bandera blanca al grito de “¡Viva la papa!”, seguida de las clásicas rizas que ahogaban los improperios dirigidos por el instructor hacia el soldado instruido.
Tuvimos el privilegio de que al ser asistente del jefe de compañía, días previos a la movilización, íbamos hacia el polígono a continuar con las prácticas no solo de FAL sino también con una pistola Browning 9mm y una carabina .22. Tirábamos sobre los citados blancos, sobre siluetas metálicas y tambores de 200 lts.
Formaron parte también de aquella instrucción indicaciones sobre cómo se podía utilizar el FAL y sus accesorios para neutralizar al enemigo: “(…) si se tomaba a un adversario por la espalda el cuchillo, si se lo tenía, o en su caso el sable bayoneta, debía ser clavado con fuerza en forma diagonal por encima de la clavícula, y que la correa del FAL no era solo un elemento complementario de transporte sino que con ella se podía estrangular a un enemigo haciendo una suerte de torniquete desde atrás. Si se usaba la bayoneta calada –había dicho el instructor en su momento- era probable que la misma se “enganchara” en el cuerpo enemigo con su parrilla costal o columna y para salir rápido de tal situación debíamos empujar hacia adelante con uno de nuestros pies puesto sobre el pecho del adversario abatido y tirar con fuerza hacia atrás el fusil. Si no se lograba el objetivo, bastaba con realizar un disparo ya que el tamaño de la herida producida liberaría el sable de su traba ósea” (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvido”).
Como señalamos anteriormente los FAL de entonces tenían culata de madera y había que ser muy cuidadosos no solo durante los movimientos vivos con fusil en mano (clásicas raneadas) sino también durante las guardias. El solo hecho de golpearlos daba lugar al clásico grito de “¡¡¡Nooombre!!!” espetado por el suboficial u oficial jefe de grupo, seguido del también clásico “¡Anótese castigado!”. Y ese especial cuidado era así porque hasta lo impensado podía ocurrir, y en efecto, ocurrió: “(…) En una oportunidad uno de los soldados apostados sobre el mangrullo ubicado en el fondo del cuartel se durmió habiendo apoyado el fusil sobre la baranda. Por las leyes de Newton y de la fatalidad el arma cayó y pegó justo sobre una base de cemento rompiendo la culata de madera y el cargador metálico, que –se dijo- tuvo que pagar el colimba además de haber sido privado de varios francos” (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvidos”)
Los instructores repetían una y otra vez la importancia del fusil para el soldado que era “como su novia” y por lo cual había que aprender a manejarlo y cuidarlo.
A los soldados chilenos -conocidos como “pelaos” como sinónimo de “colimba”-  también se les infundía una especial relación con su armamento. Ambos debían ser una sola entidad, tanto en la vida como en la muerte, y así, cuando las tropas eran embarcadas en los camiones y ómnibus para ser desplazadas hacia las bases aéreas o puertos desde donde partirían hacia el frente, los conscriptos marchaban entonando vivamente “Mi fusil y yo”: “La patria me lo brindó / y por ella lucharemos / siempre juntos mi fusil y yo / y por ella lucharemos / siempre juntos mi fusil y yo. Cuando estoy de centinela / no puedo sentir temor / porque atentos vigilamos / siempre juntos mi fusil y yo / porque atentos vigilamos / siempre juntos mi fusil y yo. Y al dar frente al enemigo / lucharemos con honor / como hermanos de la gloria / siempre juntos mi fusil y yo / como hermanos de la gloria / siempre juntos mi fusil y yo / Y si caigo en el combate / defendiendo el pabellón / a su sombra dormiremos / siempre juntos mi fusil y yo / a su sombra dormiremos / siempre juntos mi fusil y yo” (Fragmento del libro “Hubo penas y olvidos”)

jueves, 5 de enero de 2017

EL AMOR EN TIEMPOS DE MOVILIZACIÓN



AUN EN SITUACIONES LÍMITES QUEDA ESPACIO PARA CIERTO OCIO




Fotograma del film "Pantaleón y las visitadoras"

“Yo soy yo y mis circunstancias” enseñaba José Ortega y Gasset quien había muerto precisamente 23 años antes de que Jorge Videla firmara el decreto disponiendo la movilización masiva de tropas hacia las fronteras Oeste y Este. Y la vida pone a los seres humanos en circunstancias que parecen hechas a medida o que todo se va dando como un capricho del destino.
“El bar de moda en la capital santafesina se ubicaba en la esquina de Buenos Aires (hoy Monseñor Zazpe) y San Martín y había sido bautizado Shelter en honor al tema de los Rolling Stone Gimme Shelter (Dame refugio) canción escrita por Mick Jagger y Keith Richards en el entonces no tan lejano 1969 y referido a Vietnam. Y vale recordar esto porque así como señalábamos aquella ironía de la canción de la Carrá, ésta otra tiene una estrofa que dice War, children, it's just a shot away, It's just a shot away, es decir, La guerra, niños, está a un solo tiro de distancia, está a un solo tiro de distancia… No lo sabíamos cuando departíamos alegremente en sus mesas, pero en verdad estaba a un solo tiro de distancia y nosotros seríamos los encargados de protagonizarla” (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvidos”)
Pero esta no fue la única “canción de moda” que enmarcaba nuestras realidades y circunstancias. Desde la península itálica llegaba la estridencia y dinamismo de Rafaela Carrá con su –nada más y nada menos- “Hay que venir al sur”.
Y las pequeñas radios a transistores (las más completas, con audífonos ya que los auriculares no existían) disparaban a repetición “Para enamorarse bien hay que venir al sur / para enamorarse bien iré dónde estás tú / sin amores, quien se puede consolar / sin amores, esta vida es infernal”.
Y muchas historias de amores se tejieron en aquellas latitudes y en aquellas circunstancias. Amores mentidos, amores verdaderos, amores comprados, amores destrozados, pero seguramente nunca y en ningún caso, amores olvidados.
Así como circulaban entre los civiles versiones de que miles de ataúdes habían sido despachados en trenes hacia el sur del país, entre la tropa circulaba una más entretenida: que las fuerzas armadas enviaban en trenes o micros cientos de prostitutas para satisfacer ese “obscuro objeto del deseo” de los combatientes. A priori, pareciera algo descabellado pero ya Mario Vargas Llosa contempló tal posibilidad en “Pantaleón y las visitadoras” donde al capitán Pantaleón Pantoja se lo pone al frente de una sección de prostitutas para recorrer las guarniciones de la región selvática del Perú a fin de bajar la tasa de abusos sexuales que tenían como blanco a las jóvenes lugareñas.
Y aunque nada de esto ocurrió en aquel verano del 78 cada soldado, con jerarquía o sin ella, se las arregló como pudo o como se lo permitieron sus circunstancias.
Un joven oficial del ejército argentino fue sancionado con tres días de arresto “por presentarse en un lugar de reunión de oficiales superiores acompañado de una mujer no siendo ésta su esposa”. Lo que había ocurrido es que este treintañero oficial había conquistado una bella dama en las calles céntricas de alguna ciudad sureña cuyos datos no se brindan para evitar efectos colaterales complementarios y bajo aquel mandato de “si te portas mal, borra las evidencias y niégalo todo”.
Con su flamante conquista el oficial se dispuso a degustar un café en su grata compañía en el bar de uno de los hoteles de aquella ciudad sin reparar que el lugar estaba plagado de oficiales de todas las fuerzas y armas.
Un coronel, que no era su jefe directo pero al fin y al cabo sí su superior de mayor jerarquía en ese momento y lugar comunicó la novedad al teniente coronel que sí era su jefe y el joven oficial debió pasar tres días encerrado (arrestado) en el camarote del tráiler que hacía las veces de dormitorio.
En rueda de oficiales, dice, y después de aquella situación y mientras circulaba de mano en mano el tradicional mate el soldado cebador espetó un comentario que disparó la ira del sancionado. “Mi teniente primero, de que la va el coronel si cuando yo fui a las casitas las otras noche él estaba sentado en un sillón del living y tenía a una de las putas sentada sobre su falda”.
“Las casitas” era tres inmuebles ubicados en algún barrio periférico de aquella ciudad y en el cual vivían unas tres o cuatro mujeres por unidad. Todas provenientes del “norte” del país y que de noche –o cuando se suponía que debía serlo porque en el sur el sol se pone muy pero muy tarde- eran prestadoras sexuales como las del capitán Pandoja.
Otro solado cuenta que muchos suboficiales de su unidad eran verdaderos “ganadores” y cada noche se hacían buscar en el portón de acceso del lugar que oficiaba de vivac por alegres muchachas. Pero entre ellos estaba un sargento sobre el que pesaba la sospecha de que había optado por un alegre muchacho como compañía y cuya presencia justificaba apuntándolo como un viejo amigo.
Así competían entre ellos a ver quien se hacía buscar por el mejor auto de la época. Y así desfilaban los Opel K 180, los Fiat Súper Europa aunque también uno que otro Citroen 2CV.
Otro joven oficial, que se había ganado –y bien ganada- la comparación con Isidoro Cañones se convirtió ciertamente en el ídolo de su soldadesca. Había conquistado a la dueña de una boite (término antiguo si los hay) e inmediatamente procedió al intercambio de figuritas: él, además de su amor circunstancial (otra vez, Ortega y Gasset), puso a disposición del boliche un par de soldados experto uno en sonorización y el otro en la preparación de tragos, los cuales todas las noches contaban con permiso especial para cumplir sus faenas hasta las primeras luces del día.
Los soldados a cambio de sus servicios podían consumir alimentos y bebidas sin límites (¡incluidas las históricas wiskolas y cubalibre!) y algo de tabaco sin cargo, pero nada de hacer uso de los servicios de las “prestadoras”. Ahí había que ponerse. Si no consumían nada la “amante del teniente francés” les realizaba un pequeño pago conforme a como se había recaudado en la noche.
Pero el mentado “Isidoro Cañones” tenía no solo acceso gratuito a la boite (y a su propietaria, obvio) sino también canilla libre y diversión asegurada.
Otro soldado cuenta que había conquistado a una joven un poco más chica que él pero la falta de recursos económicos y “conocimiento del terreno” imposibilitaron la consumación… Y todo quedó en intentos. “Recuerdo que en una oportunidad salimos a caminar por la ciudad. Caminamos, caminamos y caminamos hasta que llegamos a unas rías de suelo muy pero muy rocoso. Después del obligatorio cuerpo a tierra y cuando comenzamos con lo que parecía se concretaría ocurrió lo peor. Un silbido nos volvió a la realidad. Provenía de un pozo de zorro ubicado a muy pocos metros y que no habíamos visto… lleno de soldados y ametralladoras antiaéreas que despuntaban. No entendimos lo que nos gritaban por el fuerte viento que soplaba pero no se necesitó mucho para comprender que debíamos replegarnos”.
“Nunca más supe de ella –agrega- y tampoco la localicé en el moderno facebook, lo que sí hice con otra muchacha de entonces, amiga de un soldado de mi compañía, con la cual intercambiamos en aquel 78 muchísimas cartas. Pero cuando la ubiqué dijo no recordar quién era”.
Otra “circunstancia” que podría enmarcarse en otro tema de entonces, de José Augusto titulado “Mi primer amor”: “En una fiesta muy linda donde tu fuiste a bailar /
sin querer nos encontramos y te quise saludar / de pronto tu me miraste fingiendo haberme olvidado / con tu sonrisa forzada supe que te habías casado /
Y toda la noche bailaste con el / si tus ojos miraban fingían no ver / nunca pude saber si era dicha o dolor / recordando mi primer amor”
.

miércoles, 4 de enero de 2017

AQUEL MONTE MISIONERO DEL 78



UNA PATRULLA EN LA LINEA DE FUEGO

Continuando con el extenso anecdotario que dejó la historia olvidada un subteniente de reserva realiza su aporte sobre los días de su convocatoria al servicio activo.





Egresado del Liceo Militar “General Manuel Belgrano” como bachiller y subteniente de reserva fue incorporado al servicio activo cuando ya había comenzado casi dos meses antes la mayor movilización militar que conoció nuestro país.
En los primeros días de diciembre del 78 el ex cadete Miguel Márquez fue convocado y en el Distrito Militar Santa Fe recibió su uniforme mimetizado que incluía una jineta con la estrella plateada de Subteniente y demás equipo complementario. Así equipado fue destinado a una unidad en el monte misionero.
Aún recuerda la saturación gastronómica de bife de cebú con puré de mandioca, el acondicionamiento de emergencia que se hizo de un viejo y abandonado destacamento de Gendarmería Nacional en proximidades de San Javier y las diarias caminatas de casi 20 kms hasta Itacarué donde habían emplazado una suerte de terreno para entrenamiento de la improvisada tropa.
 Cuenta el subteniente que estaban al mando del entonces capitán Aldo Rico y que en una de las tantas prácticas ordenadas sobre el terreno de Itacarué una sección quedó realizando prácticas de tiro en el improvisado polígono mientras que otra, que quedó a su mando, inició un patrullaje por la selva espesa y cerrada.
Iniciada la marcha a puro machetazo a la casi pérdida de la noción del tiempo se le sumó la pérdida en la orientación. De pronto comenzaron a escuchar silbidos entre el follaje que prontamente advirtieron como disparos que resultaron ser los de la propia tropa y que por milagro ninguno resultó herido.
Lo que había ocurrido es que por ese inexplicable capricho de la conducta humana la patrulla había caminado en círculo hasta ubicarse detrás del sector indicado como línea de fuego del polígono.

Coincidencias

 En otro orden de cosas, el subteniente recuerda que dada las características del armamento que poseían y ante la imposibilidad de frenar un avance de las tropas brasileras se había dispuesto como estrategia eventual pasar a una guerra de guerrillas.
Una situación que no resulta descabellada si prestamos atención a que entre los planes trazados al otro lado de la cordillera se encontraba, precisamente, iniciar una guerra de guerrillas en el extremo sur de la provincia de Santa Cruz y aún en el propio suelo chileno. “Más al Sur, a la altura de Villa la Angostura y el entonces paso Puyehue (hoy, Cardenal Samoré) en la ciudad de Osorno se formaron los “Huasos de Bueras”, algo así como “los gauchos de Bueras”. Este grupo de civiles voluntarios era entrenado militarmente los sábados con la idea de enviarlos a la línea de batalla fundamentalmente para realizar una guerra de guerrillas o desgastes sobre las tropas argentinas. Esa zona era defendida por el Regimiento de Ingenieros 4 “Arauco”. (Fragmento del libro “Hubo Penas y Olvidos”)
Cabe destacar que José Santiago Bueras y Avarias es un prócer chileno que participó en la guerra de independencia e incluso escapó hacia Mendoza donde se puso a las órdenes de San Martín quien lo envió clandestinamente a su país para organizar una guerrilla en la región de Aconcagua.

sábado, 24 de diciembre de 2016

CUESTION DE HONOR


¡A LOS BAÑOS CARRERA MARCH!

Aspectos de la vida (y biología) cotidiana siguen su curso aún en situación de conflicto. Y la cuestión “ida al baño” se convirtió en todo un tema a un lado y otro de la extensa frontera argentino-chilena.






A la semana de haber sido incorporados al cuartel y en el ya tradicional “postre” de sémola con leche azucarada tuvimos un complemento extra: aceite de ricino. Famoso y temido laxante de la época.
Nunca con tanta ansiedad la tropa esperaba a la mañana siguiente la primera orden de “¡A los baños carrera mmmmuarrr!” (como pronunciaba el subteniente Machuca). Después de ejecutada la orden con placer algunos no pudieron esperar una segunda oportunidad y sobre todo un soldado cuyo nombre guardaremos con respetuoso silencio.
Este buen cristiano apeló al ingenio de la emergencia biológica y puedo asegurarlo que, contra todo pronóstico, lo hizo con éxito. Resultado final tal vez incómodo, pero exitoso en su objetivo primario.
Estaba la compañía ya formada frente a la cuadra presta a marchar a formación en la plaza de armas y junto a la orden de “¡frenteccc, mmmmuarrr!” (otra vez la dicción del subteniente correntino) el citado soldado tampoco pudo desatender la orden biológica que disponía repetir la acción intestinal recién ejecutada.
El grupo de solados comenzó a marchar bajo el repiqueteo del jefe de sección “un, dos, un dos, izquierd…, derech…”. El recluta se bajó el pantalón de combate, adoptó una posición parcial de cuclillas y avanzando a lo cangrejo (de costado) -para no ser superado por la columna que le seguía- fue defecando, también, al “un, dos, un dos,…”.
Particular anécdota al margen la “ida al baño” era todo un tema, y más en campaña.
Durante la movilización y en el vivac constituido en la Sociedad Rural de Río Gallegos “Con una retroexcavadora cavaron un pozo profundo en el patio de la rural y con una grúa colocaron una gran casilla de madera con techo a dos aguas. Su interior era una sola habitación de cinco por cinco metros aproximadamente y en los dos laterales le habían efectuado cortes cuadrados de 0,30 ctms por lado sobre los listones de madera del piso. Allí quedó improvisada la letrina y los soldados para utilizarla debían colocarse en cuclillas sobre aquellas perforaciones apoyando sus espaldas sobre la pared con el debido cuidado que ninguna pertenencia se le fuera a la “deshonra” porque sería imposible recuperarla” (fragmento del libro “Hubo penas y olvidos”).
Pero en las posiciones más avanzadas la cuestión no resultaba menor y las tropas propias y trasandinas debían resolverla del mejor modo posible. Un oficial chileno cuenta:“Estuve en un hoyo de 1,5 metro de profundidad de 3 metros de fondo y 6 de frente, tapado por paños de carpa que se pasaban todos con la lluvia y ramas para el mimetismo, caminando sobre el barro y durmiendo en camarotes de ramas hechizos, el baño estaba en un rincón del forado de 1 metro cuadrado de superficie y dos de profundidad, cuando se llenaba se prendía paja con cal para que se disolviera. No faltó el día de mucha lluvia que salían a flote los sobrantes” (fragmento del libro “Hubo penas y olvidos”).
También registramos casos de soluciones prácticas e individuales como la del soldado, incorporado al Grupo de Artillería de Defensa Antiaérea (G.A.D.A. 121) que decidió darle “cristiana sepultura” a sus desechos.
“Teníamos el vivac no muy lejos del casco de una estancia de Guer Aike y mas retirado había un cementerio británico medio abandonado” introduce el artillero para luego explicar que respondía al llamado material de la naturaleza acudiendo al mismo para defecar sentado sobre alguna de las lápidas mohosas que en reducido número conformaban el lugar.





RECUPERANDO LA HISTORIA
RECORDARON EL 38º ANIVERSARIO DE LA GUERRA DEL BEAGLE, ISLAS E ISLOTES ADYACENTES

El acto tuvo lugar en la ciudad de Bragado, provincia de Buenos Aires y contó con el auspicio de las autoridades municipales y el diputado nacional Pablo Torello (Cambiemos).


El pasado 22 de diciembre y organizado por la Asociación de Veteranos del Beagle de Bragado se realizó un acto recordatorio del 38 aniversario de la guerra ocurrida a fines de 1978 y que no figura en la historia oficial argentina.
Por las inclemencias del tiempo la programación se vio alterada pero no por ello suprimida y así la comunidad pudo rendir tributo a los soldados, suboficiales y oficiales que participaron en un hecho bélico que contempló la mayor movilización de tropas que se haya registrado desde la creación del país hasta el presente.
En dependencias del complejo cultura Constantino, ubicado frente a la plaza principal de la urbe, y tras entonarse las estrofas del himno nacional, el presidente de la entidad convocante Mario Bidegain hizo uso de la palabra.
Bidegain leyó la nómina de personas y entidades que no pudieron estar presentes por la fuerte tormenta que se abatía en la zona desde hora temprana pero que deseaban manifestar su adhesión y reconocimiento.
Seguidamente el exponente destacó la importancia de la fecha seleccionada para la ceremonia dado que el 22 de diciembre es recordado por sus protagonistas como el “día D” y con lo cual se marcaba el inicio de las hostilidades y el comienzo de la invasión hacia el vecino país con la finalidad de recuperar la soberanía sobre las islas Lenox, Picton, Nueva e islotes complementarios.
Se guardó un minuto de silencio por los movilizados que perdieron la vida durante aquellos acontecimientos y por los que murieron en la espera de alguna reivindicación histórica.

Hubo penas y olvidos

A posteriori los presentes se trasladaron al microcine del complejo oportunidad en la que el Dr. Ricardo Veglia, veterano del Beagle, formalizó la presentación de su libro “Hubo penas y olvidos – La guerra por el canal del Beagle, islas e islotes adyacentes”.
Esta segunda parte de los actos recordatorios fue abierta por Daniel Miniello, también veterano del Beagle y representante de la Mutual de Rosario que nuclea a quienes intervinieron en aquellos acontecimientos.
Miniello destacó la importancia del servicio militar obligatorio y el significado que tuvo en sus vidas para los entonces jóvenes que se incorporaban a las filas de las fuerzas armadas.
Seguidamente hizo uso de la palabra el Coronel (r.) Manuel Bianco quien realizó el rol del soldado argentino en el Operativo Independencia (1975), Operativo Soberanía (1978) y en la contienda de Malvinas (1982) como así también en la lucha contra la subversión.
Bianco destacó también la importancia del libro “Hubo penas y olvidos” a través del cual un protagonista de aquellos hechos –su autor- se convierte en historiador.
Al término de su alocución el Coronel (r.) Bianco hizo entrega a Ricardo Veglia de una medalla como reconocimiento de la Mutual de veteranos del Beagle a su participación en los acontecimientos y por el aporte efectuado con su trabajo de investigación reflejado en el libro.
A su turno Veglia y tras agradecer la invitación, distinción y aclarar que su trabajo no constituye una verdad sino un intento de aproximación a ella, hizo un repaso de su experiencia en aquel verano de 1978 con algunos pasajes de su vida en el servicio militar obligatorio para vincular todo con el aspecto diplomático y militar de la relación mantenida entre nuestro país y Chile.
El disertante explicó los pasos previos que implican una preparación bélica siguiendo los mandatos de los manuales militares de la época como así también la legislación nacional e internacional imperante en esos tiempos.
Veglia fue categórico al afirmar que si bien una movilización militar se puede realizar en tiempo de paz o de guerra, la creación de teatros de operaciones solo se concreta en situación de guerra con lo cual se tiene la primera afirmación sobre lo que ocurrió en diciembre de 1978.
Mas adelante el expositor referenció la sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el caso Geréz, dictada en el año 2010 y aplicable conceptualmente al Beagle, y en la cual se señala claramente el concepto de combatiente como aquella que actúa en una zona de riesgo de combate.

Placas y camaradería

Al término de la disertación los asistentes se trasladaron hacia la plaza 25 de Mayo donde fueron descubiertas dos placas recordatorias y se colocó una ofrenda floral.
Concretada la agenda oficial la entidad convocante ofreció un tradicional asado de camaradería en las instalaciones del Sindicato Municipal de Bragado.
En dicha oportunidad el Bidegain hizo entrega a varios de los presentes de certificados de reconocimiento por sus aportes a la causa del Beagle.